domingo, 10 de junio de 2018

Para quienes pensaron que la fe no existe

No hay evidencia completa del paso del tiempo. Tampoco una evidencia de mínimos. En el conocimiento no se da nada con seguridad. La certeza es sólo una pretensión de tornar eterno lo humano. Hacia lo divino. Allí donde el pensamiento se halla frente a sí mismo para revelar sus secretos. 

La existencia del yo es una mera aparición. Horizonte y aprehensión. Vista de halcón. 


Desde arriba no hay nada lo suficientemente grande como para distinguirse. 

La fuerza de la identidad siempre prevalecerá.

Por el Uno





sábado, 2 de junio de 2018

Hace tiempo escribí una letra que se llamaba "tú". De todas las frases que componen la canción se me quedó grabada la siguiente: el mundo está podrido pero nosotros lo amamos. Por aquellos momentos estaba viviendo una época de inicio de cambio que todavía perdura a día de hoy, de lucha interna y logros profundos. Sobre todo porque me encontraba en un momento de mi vida en el que intenté llenar de sentido algunos fenómenos de absoluta complejidad como pueden ser la aceleración del tiempo en las sociedades, la vida cotidiana, el amor perdido, y entre otros, la amistad. 

Nunca he sido una persona de muchos amigos. Los amigos han sido siempre fugaces. Grandes amistades se perdieron con el paso de los años por lo grandes que llegaron a ser y por el miedo que se despertó con ellas a perderlas. Tras el cristal siempre estuve observando el acontecer del mundo, nadie podrá decirme que no he sido yo mismo cuando ser yo mismo ha sido el mayor privilegio que he ostentado todos estos años. Privilegio por la inmunidad ante la inmundicia. La honestidad siempre estuvo por encima.

Por aquellos momentos volver al origen era un mandato. Una forma de vivir la vida. Un re-pensar las condiciones materiales de supervivencia a partir del establecimiento de unas modalidades de comprensión lejos de la ordinariedad de los procesos vitales cotidianos. Ante la superficialidad de los fenómenos, o tal vez sea mejor decir ante la profundidad ahogada de los fenómenos, pues nadie sabe lo que permanece vivo al final del negro sombrío del pozo, siempre me mantuve crítico. Porque una vida radical exige krinei, crisis, es decir, ruptura, o al menos, perforar. Cuando escribí "tú" pretendí tornarme ante lo evidente a través de ti, que me lees; dueño de una vida perseguida, noble de virtudes antiguas, Rey de faraones, ¿dónde estás? ¿te has ido realmente? 

La mera imaginación nunca podrá manifestare por y en la evidencia. Por eso mismo el 'irse realmente' en cuanto devenir ficticio no puede sustraer la realidad a la lejanía de los órdenes de cosas. Y es en el horizonte de esa lejanía en el que nos encontramos los seres humanos cuando investigamos acerca de la veracidad de lo que vemos, y en cuanto vemos, pues viendo nos situamos con proximidad ante lo que se nos es mostrado. Estás ante mi razón, Rey de Reyes, sin estar "siendo mostrado", lejos del criterio de la cultura en la que resido aunque próximo al sentir en el que habito porque ni la mera ficción me separa de ti, desde el momento en que la lejanía nunca pudo separarnos, tornándose imposible ante la salida del Sol.

Gott ist tot

lunes, 28 de mayo de 2018

Todavía soy Soldado

En diferentes ocasiones he podido sentir la misma sensación que siento ahora. Aunque ahora no la siento de la misma manera. De hecho, me noto distinto ante el fenómeno, como si hubiera cambiado y todo dependiera de las experiencias que se sedimentan en el tiempo. Es el momento de empezar un viraje, un verdadero retorno. Lo llevo preparando algunos años. Estoy conciliando mi pasado con mi fuerza, haciéndoles sentir del mismo modo, como si los dos fueran uno. Lo que queda ahora mismo sólo es fuerza. Ímpetu y coraje. Es una lucha ganada.

Echo la mirada atrás. Aún sigo con la misma sensación de vida. El mismo impulso vital. Las mismas ganas de luchar ante el Leviatán, de precipitarme al vacío, difuminarme en él, y salir ileso, casi sin darme cuenta. Como si todo pasara en el mismo segundo, cuando elijo dejarme caer. Una renovación instantánea. 

Porque siempre fui un hijo de la vida, un verdadero creyente, un ser destinado a conocerse, a buscar los inmediatos surcos del sí mismo, refugiado en la música, con el arte, ante la muerte, inminente, que poco a poco hondea sus pasos, como si quisiera expandirse ante una vida inerte, negra como la oscuridad, aún tan blanca y brillante como el primer día que la vi. Porque siempre fui algo que quiso vivir, que nunca supo nada cierto salvo aquello que nace del mero intento de captar por cierto algo que se vive, y una vez habiendo nacido y sabido ya de la suerte del nacer, renace entre los fueros.

Porque todavía soy Soldado, hombre de mil tierras y padre de ninguna. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

Ya no hay nada

La lucha ha cesado
Ya no hay nada
Solo sombras y escombros
Hablo con mis recuerdos
Porque se escapan
Qué seré yo sin ellos
No volverán
Me quedaré esperando

Y aquí estoy
Contemplando
Abriendo paso
A los nuevos recuerdos
Nacerán y morirán
Y mientras tanto
Seguiré gritando
ya no hay nada...


martes, 24 de mayo de 2016

Ahora

Querido diario, ya sabes que suelo reclamarte con frecuencia. La constante búsqueda a la que me veo arrojado me hace venir a ti. Y no es algo de lo que no esté orgulloso, todo lo contrario. Me siento muy orgulloso de poder escribirte y contarte aquellas cosas que sólo a tí te puedo explicar porque sólo tú me puedes comprender. Te has convertido en mi aliado. Luchamos juntos en esta guerra de búsquedas, interrogantes, dudas y sentimientos. Nunca me he sentido decepcionado contigo, nunca he sentido que me has fallado, tampoco me has hecho sentir desatendido, despreocupado, desfragmentado, todo lo contrario, me has revitalizado y me has ofrecido la amplitud de visión que he decidido conservar. Es por eso por lo que te agradezco los escritos, mi vida tiene mucho más sentido si estás aquí. 

Hace unos años recuerdo que todo era diferente. Pensaba de una forma más rígida, actuaba más impulsivamente, era más extremista, me revelaba continuamente conmigo mismo, subía, bajaba. Hace años todo era radical para mí. Los cabreos, las alegrías, las decepciones, las promesas, todo era extremo, vivía entre polos infinitos, cambiando constantemente, superando y perdiendo. Hace años me sentía muchas veces sin vida. Pero muchas otras veces me sentía más vivo que nunca. 

Ahora siento que todo es distinto. Me encuentro aquí, delante de mí mismo, volviendo a exponer lo que siento pero esta vez con más recursos que hace años. Ahora no es que todo se haya vuelto gris, ni que se haya todo vuelto más tranquilo, la guerra sigue estando y la lucha por una vida llena de visión sigue, lo único que ha cambiado es la forma en la que me enfrento a las batallas que continuamente me acechan. No puedo cambiar muchas cosas de la vida. Lo tengo más que aceptado. La realidad constantemente me pone a prueba, me golpea fuertemente en los puntos más débiles para ver si soy lo suficientemente resistente como para superarla. Ahora ya no vivo en la constante lucha conmigo mismo porque me concilio con mi parte más íntima. Quiero mi intimidad, la busco y la conservo, forma parte de lo más profundo de mí. Pero no tengo tampoco la necesidad de ocultarme tras una máscara cuando me expreso. Vivo en ese punto intermedio entre el guardarme las cosas y el completo desnudo. 

Ahora me siento delante del mar a observar las olas y ya no veo la violencia de la marea. Ahora sólo veo el fluir de la calma retorciéndose sobre sí para simplemente ser. Las rocas no ejercen ningún límite a la marea, todo lo contrario, veo que sin rocas no habría marea posible. Es un símil, una metáfora, pero refleja muy bien la vida que estoy viviendo ahora mismo porque sigo el mismo camino que hace muchos años decidí seguir, sigo con el mismo deseo profundo de visión y plenitud, transformado en formas de superación y culminación. He aprendido que todo lo que ha nacido una vez puede volver a nacer. Pero nunca de la misma manera. Y esa es la gran riqueza de la vida, que nunca se vuelve exactamente al mismo sitio como dijo Heráclito –no se pasa nunca dos veces por el mismo río–, lo que me hace darme cuenta de la enorme variedad y riqueza de la misma vida en todos los sentidos. 

Ahora soy capaz de contemplar el misterio de la misma vida y disfrutarlo. En la contemplación de lo incierto se me revela constantemente que no hay otra cosa que voluntad y superación. Largos procesos voluntarios de superación son los que en el fondo nos definen cómo somos. Tú serás de una manera, yo seré de otra, y cada cual tiene sus caminos, pero tú y yo seremos algo juntos si los dos compartimos un mismo afán de vida y superación. Siempre me ha sido difícil encontrar a este tipo de personas, como yo, digamos. A lo largo de mi vida me he encontrado con muchas personas diferentes a mí y sé que no soy igual a nadie. El compromiso con uno mismo es lo que define el grado de expansión de la propia voluntad de uno. Y mi compromiso conmigo mismo es total, férreo, de hierro, tan duro como el asfalto. Es por eso por lo que constantemente siento la llamada a pelear, a la guerra, y cuando digo guerra me estoy refiriendo a la constante lucha, no es una metáfora. Ahora me toca defender lo mío, a mi gente, mis sueños, mis ilusiones, mis necesidades, mi supervivencia, y mi gran camino. Ahora es el momento de fortalecer fijaciones, cimientos, y erigir el edificio más grande que pueda existir. 

Ahora es el momento de construir. Es el momento de defender mi hogar. Es el momento de aceptar el constante viraje hacia el pasado que configura mi naturaleza, mi propia nostalgia, y disfrutar de ella. Es el momento de enfrentarme a mi propia superación, sin caer en la locura más profunda, y saber distinguir entre lo que se ve, lo que puede verse y no se ve, y lo que nunca parece mostrarse. Ahora es el momento de tomar distancia y verlo todo desde arriba, pues aquí estoy, y mis ojos no me engañan, he subido aquí con el esfuerzo de toda una vida y no bajaré abajo para volver a subir. Sólo mi cadáver podría rodar y caer hasta el final del precipicio donde nace el suelo. 

Ahora es mi momento. Y perdona, querido diario, si ya no te soy tan fiel como te era antes y me muestro en este blog, pero ya no tengo por qué esconder nuestra intimidad. Estoy siendo cien por cien yo mismo escribiendo este pequeño texto en internet. Me estoy mostrando al mundo a partir de una pequeña ventana, unas gafas que cubren mis ojos y unas manos golpeando un teclado inmóvil. Los tiempos han cambiado. Ya no me refugio en el ardor del miedo ni me hiela su neblina oscura. Ahora todo es mucho más claro, más luminoso, ahora estoy preparado para ser, si es que realmente puedo ser algo más allá de lo que escribo...

lunes, 9 de mayo de 2016

La caída

Mirando lo que tengo alrededor me doy cuenta que sólo soy un simple observador. En el fondo es lo único que soy. Siento emociones, vivo, tengo necesidades, pienso, está claro. Pero en el fondo siempre estoy observando. 

Nos pasamos la vida entera buscando cosas que en el fondo no necesitamos. Muchas veces tener presente lo que creemos que necesitamos significa desatender lo que en realidad estamos buscando. Hablamos demasiado. Observar desde el silencio también tiene misterio. ¿Somos dueños de lo que sentimos? 

Yo sí que soy dueño de lo que siento porque interfiero en lo que siento y en lo que tengo alrededor, me cause o no me cause algo. Interferir en los sentimientos no significa únicamente saber controlarlos, más bien me refiero a otra cosa. Yo soy el dueño de todo lo que me ocurre, de lo que vivo, de lo que siento, de lo que escribo y de lo que creo creer. También de lo que creo. Y de lo que puedo crear. Tú, también, ¿lo sabes? Lánzate al vacío. Siente y observa.

Muchas veces veo personas que se dedican a vivir la vida leyendo su manual de instrucciones. Yo no sé nada de la vida salvo que vivo y conozco, no tengo manual de instrucciones. Si tuviera alguno sería un cuaderno lleno de hojas en blanco con algunos tachones y algunas rimas. De esto que te digo estoy totalmente seguro. Mi único interés aquí y donde sea es vivir. Con todo lo que ello conlleva. 

Nos preocupamos demasiado por lo que nos ocurre y lo que nos deja de ocurrir. Vivimos protegiendo lo que pensamos que es nuestro hogar hasta que nos damos cuenta que en el fondo vivimos en la constante búsqueda de nuestro hogar. Podemos alquilar un piso, condenarnos con una hipoteca, y pensar que somos más o menos libres porque tenemos nuestro espacio. Pero no es lo mismo tener un espacio propio que tener hogar. Y aquí Heidegger tenía razón. No es lo mismo residir en un habitáculo, o en una mansión, que habitar en un lugar y hacerlo tuyo. No tiene nada que ver. El ser humano se define por intentar habitar y nunca conseguirlo.

Ahora bien, la pregunta por el cómo habitar es una pregunta tremendamente compleja. Habitar no significa solamente intentar hacer mío un lugar, eso sería algo así como apropiarme de él. No estoy hablando en términos de propietarios. El habitar no tiene nada que ver con la relación de obligatoriedad ni con ningún tipo de relación legal, aunque sea cierto que todo habitar implica un posicionamiento con respecto a algo y por tanto el ejercicio de un poder. Pero eso es más un aspecto complementario al mismo hecho de habitar que una necesidad del habitar mismo. 

Vivimos en una sociedad que no hace posible habitares nuevos. Vivimos en la completa lejanía, en la distancia insalvable de las redes infinitas. La falsa sensación de refugio conlleva un desarraigo y una constante sensación de pérdida. Perdemos constantemente porque nunca llegamos a tener algo. Y es realmente ese movimiento constante en el que estamos sumergidos el que determina toda posibilidad de cambio. Y volvemos a caer, pero nunca hasta el fondo porque al final siempre nos quedamos en el aire. Y en ese aire vivimos. No sabemos construir nuestra propia casa porque ni nuestros propios pies están en el suelo. Pero claro, para pisar el suelo hace falta dejarse caer, y el problema viene cuando nos preguntamos si podremos o no soportar la caída.

miércoles, 27 de abril de 2016

Escritos espontáneos

Enfrentarse a un papel en blanco siempre implica un dejar ir. Vienes aquí a escribir algo, lo tienes en mente, pero cuando empiezas a escribir te das cuenta que lo que realmente te mueve es otra cosa. Crees que no te volverá a pasar, pero siempre vuelve a pasar. 

Tenía la idea de escribir sobre muchas cosas, nada en concreto. Por un segundo me vinieron las ganas de hablar sobre el amor. Pero luego vinieron las ganas de hablar sobre escribir. Y luego sobre el tiempo, el presente, el pasado... Hay tantísimas cosas de las que hablar y tantas cosas que me llaman la atención que a veces me resulta incluso agobiante enfrentarme a ese cúmulo infinito de sensaciones. Es una sensación milimétrica de agobio, pero ahí está.

Últimamente estoy viviendo experiencias muy enriquecedoras en todos los sentidos. Me doy cuenta por cómo reacciono. Me siento feliz, sonrío, y hago reír. Intento que esa sensación prevalezca siempre, que siempre predomine por encima de todo. Y lo consigo. Aunque a veces hayan emociones que surjan y miles de pensamientos por ahí rondando, consigo disfrutar de las cosas que vivo y me entrego al cien por cien enfrentando la realidad para superarla. Lucha, entrega, satisfacción, ilusión, reposo. Así es como definiría mi vida a día de hoy. Un constante ir y venir. Un viaje. Pero no uno cualquiera, un viaje de esos que te cambian la vida. 

Simplemente escribo estas cosas que me vienen porque me apetece escribirlas. No hay ninguna intención más ni ningún trasfondo oculto. No hay ningún motor invisible ni nada que no se pueda ver. Es simplemente escritura espontánea. Lo que viene, lo escribo. Así es como le doy forma a lo que vivo y termino siendo quien soy. Escritura...