domingo, 27 de enero de 2019

In media res

In media res o "entre las cosas". Así reza el título de la segunda parte de la obra. Una vez ha caído el gran omnipotente nos hallamos en medio del tumulto, mirando alrededor, buscando indicios de verdad y solo hallando decepción. Ante las miradas de los jóvenes que siguen dando forma a la ciudad, actualizando lo antiguo, se encuentran los nuevos espíritus. Algunos hombres ya dejaron de creer en los nuevos surgimientos. Mientras nos sigan llamando nuevos seguiremos en el pathos de la falta de experiencia, viendo el vaso medio vacío, esperando una llamada que no llega. No somos nuevos. Somos los antiguos. Aquellos que preferimos transitar el camino de la vida con visión de sí, aceptando el dolor y la neuralgia que afecta a nuestro entorno. In media res. Frente al debilitamiento que asesina a las sociedades devolviéndolas a su estado natural encontrarán ustedes un subterfugio, ubicado en los pozos subterráneos de lo terrenal. Bien me cuido de no caer en las redes de lo espiritual para rehuir del dolor. Con mucha más contundencia golpearé encima de la mesa para hablar conmigo mismo y destronar a vuestro Rey marchito. Que ya no existe. Cayó de los cielos para ser devorado por serpientes. Dime si no es cierto que una vida nunca fue suficiente para ustedes. Los que dejaron de mirar alrededor con sus propios ojos; iluminando con falsas luces nuestras calles oscuras, repletos de venganza, de odio y misericordia. Hay una guerra que lidiar contra la debilidad. Y mejor que no se pongan en medio. 

jueves, 10 de enero de 2019

Naturaleza

Desde mi azotea observo el fluir de la ciudad. Contemplo cómo se posan los pájaros en los semáforos. Desde aquí todo se ve muy distinto. Somos dueños de nuestra naturaleza cuando la naturaleza decide apiadarse de nosotros, ¿pero qué somos cuando nos encontramos a nosotros mismos despersonalizados, arrojados a nuestra naturaleza canal? ¿acaso no somos recipientes contenedores de experiencias? Parece que en ese momento dejamos de tomarnos en serio y sometemos nuestros deseos a la más astuta fantasía. Todos aquellos momentos que forman parte del todo terminan por fusionarnos con una naturaleza que se sabe medial. Cuando vamos a un río no estamos yendo únicamente al agua. Nos dirigimos a una experiencia vivida que queremos revivir. De igual modo ocurre con la escritura del pasado. Volvemos a sentir aquello sentido para redimirnos en nuestro volver-a-sentir. Igual con el Sol que vemos cada día. Nos vamos enamorando conforme pasan las etapas de nosotros mismos, mientras el acontecer permanece estático, desplegando nuevas realidades, observándonos con los ojos cautos, viendo cómo nos miramos. En ese momento surge nuestra naturaleza medial. A través de esta experiencia tomamos verdad (wahrnehmen) de nuestro propio repliegue consciente hacia el mundo que nos envuelve. ¿No has sentido nunca esa sensación de estar entre dos realidades? Como si tu vida fuera independiente de la vida sentiente del mundo. O como si no pudieras ser más allá de tal intermediación. A eso me refiero cuando estoy escribiendo sobre la naturaleza medial. Porque no dejamos de participar de las identidades que nos envuelven, como si existieran, conformando la materia de una proyección sensible, corporeizada, idealizante, capaz de mostrarse como si fuera voluntad. ¿Acaso podemos liberarnos de esa astuta dimensión de cumplimiento? No dejamos de cumplir con los deseos a través de lo que creemos que deseamos. Ocurre lo mismo con las expectativas, las esperanzas y los sueños. Terminamos proyectándonos a todo aquello que llamamos vida. Bautizamos con el nombre del mundo todo aquello que se nos escapa. Y después de sentir esa impotencia terminamos por asesinar nuestra razón, arrojándola a la más absoluta incertidumbre, proyectándola sobre un infinito inalcanzable. No tiene sentido asesinar la razón. Es propio de seres malditos. No podemos conformar ninguna experiencia con suficiente certidumbre para olvidarnos de la verdadera esencia que subyace al experienciar. Tal vez por ello nunca terminemos de completarnos a nosotros mismos y sigamos permaneciendo oscuros, difusos, y en determinadas ocasiones, opacos ante nuestra propia cristalera. Porque me miro al espejo y puedo ver mi automovimiento, el reflejo de un cuerpo sin órganos que se proyecta desmesuradamente hasta alcanzar la única certidumbre que puede llegar a saber. La de la naturaleza de la razón. La del "solo sé que no sé nada". Pues nada se presenta con suficiente evidencia en el campo de la experiencia pura.
Y mientras nos contengamos a nosotros mismos no terminaremos de colmar nuestro propio recipiente, pues somos contenedores de experiencias opacas, uniformes, cubiertas de oro. Pero no lo sabemos. Y puede que ya, al tiempo que vamos, ya no lo sepamos nunca...