martes, 3 de julio de 2018

El primer silencio

La sensación de seguir en la lucha es profunda y penetrante. Lo perfora todo para crear una superficie fuerte, sólida, capaz de ejercer la función de soportar todo lo que vivo y todo lo que soy. No hay otra forma de vivir que vivir combatiendo si quiero vivir en paz. Pero no porque la paz se encuentre necesariamente en la guerra, sino más bien porque nacemos en el hastío de vivir y nos dirigimos a algún sitio. Tengo un alma preparada para la guerra que vive en constante guerra consigo misma por el mero hecho de hallarse preparada para el combate. Estoy seguro que muy pocos pueden entender esto. Pero aquellos que son capaces de entenderlo serán bendecidos por la vida. 

Tras el primer disparo que da inicio a la batalla se manifiesta el primer silencio. Si hubiera una mirada capaz de reflejar lo que se siente la dibujaría con los ojos cerrados, de párpados caídos y temblores infinitos de pestañas invisibles a distancias largas. Demasiado aguda es la sensación que me produce verme desde tan de cerca, como si tuviera los Ojos de Dios y pudiera ver todo lo que ocurre en mi, aunque incapaz de trascender esa visión por mi naturaleza humana. Cuanto más observo más me abruma el observar. ¡Válgame por esta sensación! ¡Ponle fin a los principios! Que de alguna forma debemos resistir, sin morir ante la ausencia del primer silencio que muy pronto escuchamos y no logramos olvidar. ¡Tirad semillas! ¡Que crezcan más árboles! ¡Más fuerza y menos humo porque aún estamos vivos! ¡Más y más semillas! ¡En todos los caminos! No os dejéis ninguno...