jueves, 10 de enero de 2019

Naturaleza

Desde mi azotea observo el fluir de la ciudad. Contemplo cómo se posan los pájaros en los semáforos. Desde aquí todo se ve muy distinto. Somos dueños de nuestra naturaleza cuando la naturaleza decide apiadarse de nosotros, ¿pero qué somos cuando nos encontramos a nosotros mismos despersonalizados, arrojados a nuestra naturaleza canal? ¿acaso no somos recipientes contenedores de experiencias? Parece que en ese momento dejamos de tomarnos en serio y sometemos nuestros deseos a la más astuta fantasía. Todos aquellos momentos que forman parte del todo terminan por fusionarnos con una naturaleza que se sabe medial. Cuando vamos a un río no estamos yendo únicamente al agua. Nos dirigimos a una experiencia vivida que queremos revivir. De igual modo ocurre con la escritura del pasado. Volvemos a sentir aquello sentido para redimirnos en nuestro volver-a-sentir. Igual con el Sol que vemos cada día. Nos vamos enamorando conforme pasan las etapas de nosotros mismos, mientras el acontecer permanece estático, desplegando nuevas realidades, observándonos con los ojos cautos, viendo cómo nos miramos. En ese momento surge nuestra naturaleza medial. A través de esta experiencia tomamos verdad (wahrnehmen) de nuestro propio repliegue consciente hacia el mundo que nos envuelve. ¿No has sentido nunca esa sensación de estar entre dos realidades? Como si tu vida fuera independiente de la vida sentiente del mundo. O como si no pudieras ser más allá de tal intermediación. A eso me refiero cuando estoy escribiendo sobre la naturaleza medial. Porque no dejamos de participar de las identidades que nos envuelven, como si existieran, conformando la materia de una proyección sensible, corporeizada, idealizante, capaz de mostrarse como si fuera voluntad. ¿Acaso podemos liberarnos de esa astuta dimensión de cumplimiento? No dejamos de cumplir con los deseos a través de lo que creemos que deseamos. Ocurre lo mismo con las expectativas, las esperanzas y los sueños. Terminamos proyectándonos a todo aquello que llamamos vida. Bautizamos con el nombre del mundo todo aquello que se nos escapa. Y después de sentir esa impotencia terminamos por asesinar nuestra razón, arrojándola a la más absoluta incertidumbre, proyectándola sobre un infinito inalcanzable. No tiene sentido asesinar la razón. Es propio de seres malditos. No podemos conformar ninguna experiencia con suficiente certidumbre para olvidarnos de la verdadera esencia que subyace al experienciar. Tal vez por ello nunca terminemos de completarnos a nosotros mismos y sigamos permaneciendo oscuros, difusos, y en determinadas ocasiones, opacos ante nuestra propia cristalera. Porque me miro al espejo y puedo ver mi automovimiento, el reflejo de un cuerpo sin órganos que se proyecta desmesuradamente hasta alcanzar la única certidumbre que puede llegar a saber. La de la naturaleza de la razón. La del "solo sé que no sé nada". Pues nada se presenta con suficiente evidencia en el campo de la experiencia pura.
Y mientras nos contengamos a nosotros mismos no terminaremos de colmar nuestro propio recipiente, pues somos contenedores de experiencias opacas, uniformes, cubiertas de oro. Pero no lo sabemos. Y puede que ya, al tiempo que vamos, ya no lo sepamos nunca...

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