miércoles, 20 de julio de 2011

Real, real...

Uno, dos, tres, cuatro... Los momentos de extrema lucidez o de verdadera iluminación se pueden contar con los dedos de una mano cuando son escasos, cuando no son muy frecuentes.

Imaginarse una vida permanentemente estable y en perfecta armonía es difícil, simplemente porque cuesta crear una imagen visual de algo que no hayamos experimentado con anterioridad y cuya naturaleza desconozcamos por completo. No es de extrañar que ante esa dificultad, la mente se las ingenie para hacerte creer que sí has experimentado esa vida y hacerte pensar que la felicidad es un estado anímico de bienestar temporal arraigado a momentos específicos de placer.

Da un paso más, libérate de esas cadenas racionales por un momento, concéntrate en ti mismo/a y no te juzges. El juicio es racional y la crítica también, intenta alejarte de eso ahora, porque solamente existe el momento presente, conecta con las impresiones. Vivimos bajo la manta de la razón porque tenemos la necesidad de evadirnos del frío tanto en verano como en invierno.


Cinco, seis, siete, ocho... Sería bonito no contar los momentos de intensa alegría porque eso significaría que no vivimos en un prolongado y permanente estado de felicidad. Si queremos mejorar nuestro día a día y sentirnos mejor con nosotros mismos, solamente tenemos que intentar hacer un uso delicado de la mente, un uso no excesivo, ya que la mente es como el cuerpo, no es bueno forzarla.

Sal a la calle, mira a tu alrededor y pinta todas las paredes que te rodeen de energía positiva, mantente despierto, porque hoy es el único día para vivir; siempre lo ha sido.

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