lunes, 4 de julio de 2011

La octava maravilla

Bajó el último peldaño y abrió la puerta con seguridad. La cerró con fuerza, haciendo ruido y dejando que el eco se mezclara con todos los vagos recuerdos que rondaban por su memoria. Dejó la mochila en el suelo y se sentó en el bordillo que separaba la estrecha acera de la enorme carretera, aunque ambas en silencio por el dominio de la noche. Contempló el cielo estrellado por unos minutos, aunque a veces con cierta dificultad porque alguna lágrima conseguía empañarle la vista, gotas de tristeza en blanco y negro.

Por un momento cerró los ojos y se centró únicamente en su respiración, con el objetivo de dejar de pensar totalmente, intentando evadirse de toda realidad, de toda sustancia. Empezó a analizar lo que sentía, integrando en lo más profundo de sí misma el concepto de unidad y rescatando emociones que querían salir de su escondite. En lo único que se fijaba era en la agudez con la que su piel podía captar el frío de la noche y en el flujo de su sangre por todo su cuerpo. Sus cinco sentidos entablaron conexión y pudo contemplar la octava maravilla...


[...]

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